El Orden, marcado en los tres grados de episcopado, presbiterado y diaconado, es el Sacramento que permite el ejercicio del ministerio, confiado por el Señor Jesús a los Apóstoles, para apacentar su rebaño, en la potencia de su Espíritu y de acuerdo a su corazón. ( ... ) En este sentido, los ministros que son elegidos y consagrados para este servicio prolongan en el tiempo la presencia de Jesús. ( ... )

 

1. Un primer aspecto. Aquellos que son ordenados se colocan a la cabeza de la comunidad. ( ... ) "A la cabeza", sin embargo, para Jesús significa poner la propia autoridad al servicio, como Él mismo lo ha mostrado y enseñado a sus discípulos con estas palabras: "Sabéis que los gobernantes de las naciones las dominan, y los jefes las oprimen. No ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será vuestro esclavo; de la misma manera que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos". (Mt 20, 25-28 // Mc 10, 42-45). ( ... )

2. Otra característica que siempre se deriva de esta unión sacramental con Cristo es el amor apasionado por la Iglesia. Pensemos en aquel pasaje de la Carta a los Efesios, en el que san Pablo dice que Cristo "ha amado a la Iglesia. Él se ha entregado a sí mismo por ella, para consagrarla, purificándola con el baño del agua y la palabra, y para colocar ante sí a la Iglesia gloriosa, sin mancha ni arruga ni nada semejante, sino santa e inmaculada" ( 5, 25-27). En virtud del Orden el ministro dedica todo su ser a su propia comunidad y la ama con todo el corazón: es su familia.

 

3. Un último aspecto. El apóstol Pablo aconseja a su discípulo Timoteo no descuidar, más bien, reavivar siempre el don que está en él ( ... ) Cuando no se nutre el ministerio con la oración, ( ... ) la escucha de la Palabra de Dios, la celebración diaria de la Eucaristía y una cuidadosa y constante asistencia al Sacramento de la Penitencia, se termina inevitablemente perdiendo de vista el significado auténtico del propio servicio y la alegría que nace de una profunda comunión con Jesús

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